viernes, 19 de noviembre de 2010
sábado, 13 de noviembre de 2010
Nada.
Ya no importa más, nada importa más, ni menos. Es una nada acogedora que se me instaló entre la panza y el tórax.
Me exprimiste el amor, y ahora no hay... ni para ti, ni para los demás.
domingo, 7 de noviembre de 2010
Soledades.
Tengo como Benedetti una soledad concurrida, pero no me sabe a procesión sino más a concurso de belleza y a retazos de Hiroshima. Hay un gris de invierno y un calor de encierro; no se puede correr a ninguna parte y se corre con el enemigo adentro, como una masa entre las costillas y las ganas, o las no ganas, que son por estos días tan persistentes. Son este tipo de soledades sin rabia las que se llevan el buen juicio, y ahora me sale que no me importe nadie y es cuando más necesidad tengo de que a alguien le importe, aunque sea por encima, o aunque sea sólo de tacto y compañía, pero es más fácil siempre enredar las sábanas y cuesta tanto levantarse y salir de ahí, sin haber encontrado lo que uno no sabe que está buscando y llevándose en cambio toda la soledad en una maleta mucho más grande y que no sólo pesa como un yunque sino que no se queda quieta y llora y grita y patalea y se ríe y canta desentonada una melodía insoportable y nos puya la espalda con un dedo delgado y nos mordisquea el cerebro con ansias de piraña. Pero hay que llevarla igual, porque no cupo en el cuarto donde ya estaba la soledad del otro, no se llevaron bien y decidieron seguir siendo soledades, la de él, o ellos y la mía, peluda, llorona, malcriada, redonda y aceitosa que no acepta estar cerca de la soledad de nadie y que olvida poco a poco como era antes de ser tan soledad como es ahora, antes de terminar de convertirse en una Señora Soledad, encopetada y engreída, con el resto de la existencia bailando al son que ella toque.
viernes, 5 de noviembre de 2010
Freez.
Te acercas de repente a averiguar si todavía eres la razón de mi freez en el pelo... Das media vuelta y te vas, con los labios apretados y el ego decepcionado.
domingo, 17 de octubre de 2010
Marcel Proust. "En busca del tiempo perdido (Por la parte de Swann)".
"Lo que yo leía eran los sucesos que sobrevenían en el libro; cierto es que los personajes a los que afectaban no eran "reales", como decía Francoise, pero todos los sentimientos que nos hacen experimentar el gozo o el infortunio de un personaje real se producen en nosotros tan sólo por mediación de una imagen de ellos; la ingeniosidad del primer novelista consistió en comprender que, al ser la imagen el único elemento esencial en el aparato de nuestras emociones, la simplificación consistente en suprimir pura y simplemente los personajes reales sería un perfeccionamiento decisivo. Una persona real, por mucho que simpaticemos con ella, es en gran medida percibida por nuestros sentidos, es decir, que nos resulta opaca, ofrece un peso muerto que nuestra sensibilidad no puede levantar. Si la aflige una desgracia, sólo en una pequeña parte de la idea total que tenemos de ella podremos sentirnos emocionados al respecto; más aún: sólo en una pequeña parte de la idea total que tiene de sí misma podrá sentirse emocionada ella misma. El hallazgo del novelista consistió en concebir la idea de sustituir esas partes impenetrables para el alma por una cantidad igual de partes inmateriales, es decir, que nuestra alma puede asimilar. (...)
Intentamos volver a encontrar en las cosas -que con ello resultan inestimables- el reflejo que nuestra alma ha proyectado en ellas y nos decepciona comprobar que en la naturaleza parecen desprovistas del encanto que debían en nuestro pensamiento a la vecindad con ciertas ideas; a veces convertimos todas las fuerzas de esa alma en habilidad, en esplendor, para influir en personas que están -lo sentimos perfectamente- situadas fuera de nosotros y a las que nunca alcanzaremos".
martes, 12 de octubre de 2010
El Muelle.
Me voy acercando despacito hacia donde tú estás, porque me parece que con los ojos me pides que lo haga; y estás parado al final de un camino muy largo, como un muelle, y no se ve más que un cielo negro y un negro mar que se juntan detrás de ti a la altura de la cintura. Y sonríes con esa mueca de payaso diabólico que te sale tan natural; y yo avanzo entusiasmada pero con cautela y empieza a hacerse evidente que es un muelle; y las tablas del piso se empiezan a romper, y sonríes... Y me extiendes los brazos y sonrío nerviosa, tratando de esquivar las tablas rotas y las pirañas que desde el agua saltan hambrientas y muestran sus dientes desordenados entre las tablas del muelle.
Y mientras más cerca estoy más ampliamente sonríes, y parece que me presionas con los ojos para que avance más rápido, y cuando ya estoy tan cerca de ti que puedo casi olerte los labios, extiendes los brazos hacia los lados, levantas la punta de los pies y te dejas caer hacia atrás, con una sonrisa mucho más malvada y con la mirada fija en el cielo negro que ya no se diferencia del mar.
Y caes despacio hacia atrás, con el cuerpo firme, y las pirañas en el mar parecen pelear entre ellas y se muerden desesperadas porque toques el agua para arrancarte a mordiscos la piel.
Y caes por fin, con la misma sonrisa, como si ya en el camino hubieses soltado la vida, y tu cara pálida e inmóvil empieza a desintegrarse, van quedando retazos de piel que flotan en el agua, se va quedando sin nada que la cubra y ya la sonrisa es sólo dientes y sangre que el agua va limpiando; y dos pirañas desde adentro del cráneo pelean por tu ojo derecho, tan redondo que todavía parece sorprendido ante la inmovilidad del izquierdo, que intenta encontrar algo en ese negro cielo que de alguna manera lo mira también.
lunes, 4 de octubre de 2010
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